CONFESIÓN DE AUGSBURGO

CONFESIÓN DE AUGSBURGO

AÑO 1530

Verbum Domini Manet in Aeternum

(VERSIÓN LATINA)

En 1530, obedeciendo al mandato del emperador Carlos V, se reunió en Augsburgo, Alemania, la dieta o asamblea compuesta de los príncipes electores, príncipes y estados, incluyendo el magistrado de las ciudades más importantes.

Las dos partes, o partidos, en este asunto de religión, eran los campeones de la doctrina católica romana y, segundo, Lutero y todos los defensores de la verdad bíblica. Entre estos, el piadoso príncipe elector de Sajonia, Juan el Constante, había pedido a Lutero con tres teólogos más que escribiesen una declaración clara y breve de los artículos principales de la fe, enseñados por los evangélicos, como se les llamaba a los seguidores de la Reforma Luterana.

Con esta confesión de fe escrita, los defensores de la antigua verdad bíblica vinieron a Augsburgo. Entregaron dicha confesión al emperador el 25 de junio de 1530, escrita en latín y en alemán. El emperador la hizo leer en alemán ante la dieta y muchos oyentes más.

La Confesión de Augsburgo tiene 28 artículos, la mayoría de ellos breves. En los primeros 21 artículos se demuestra de una manera convincente que la Iglesia Evangélica Luterana predica exactamente la doctrina auténtica de nuestro Señor Jesucristo, tal como está expuesta en las Sagradas Escrituras.

Muchos miembros católicos de la dieta, oyendo en Augsburgo por primera vez una clara exposición de la predicación de Martín Lutero, confesaron que estaba de acuerdo con las Sagradas Escrituras, así como también con la doctrina antigua de la misma Iglesia Católica, según se puede comprobar en los escritos de los santos Padres de la Iglesia.

En los artículos 22 al 28 se defiende la reforma de ciertos abusos, innegables y conocidos por todos, que se habían introducido en la Iglesia Católica en el transcurso de los siglos.

Cuando llegaron a Augsburgo los defensores de la Iglesia Católica Romana, no llegaron para presentar doctrinas o razones, sino que esperaban del emperador Carlos V un juicio de condenación contra los evangélicos. Pero el emperador, si bien se inclinaba más al lado del papa, se negó a cometer una injusticia tan grande. Después de hacer leer la Confesión de Augsburgo por su canciller, el doctor Cristiano Baier, exigió a los católicos una refutación. Esta fue entregada el 12 de julio de 1530.

La Confesión de Augsburgo halló plena aceptación en toda la Iglesia Luterana a través del mundo, y se tiene y se defiende todavía hoy como una declaración clara y verdadera de las doctrinas principales de la misma Palabra de Dios. Como parte integrante del Libro de Concordia del año 1580, la Confesión de Augsburgo es una de las confesiones básicas de nuestra Iglesia, indispensable a cada cual que procura saber la diferencia fundamental entre la Iglesia Luterana y la Católica Romana, y otras iglesias también. Es muy informativa y consoladora, y digna de conocerse bien de parte de todo miembro de nuestra iglesia, por ser ‘la confesión de nuestra esperanza’ (Heb. 10:23).

El presente documento es una traducción del original en latín de la Confesión de Augsburgo. Las oraciones entre paréntesis también son el texto original, pero que sólo aparece en la versión alemana.

Rev. Adrián Correnti.

 

Artículos Principales de nuestra Fe

Artículo 1

De Dios

Nuestras iglesias enseñan de común acuerdo que el decreto del Concilio de Nicea, referente a la unidad de la Divina Esencia y a las tres personas, es verdadero y debe ser creído sin género alguno de duda; a saber, que hay una Esencia Divina, que se llama y que es Dios, eterno, incorpóreo, indivisible, de inmenso poder, sabiduría y bondad, Creador y Conservador de todas las cosas, visibles e invisibles; y sin embargo, que son tres personas de la misma esencia y poder, y coeternas, el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. Y úsase la palabra persona en la misma significación en que la usaron los escritores eclesiásticos en esta materia, para significar, no una parte o una cualidad en otra persona, sino lo que subsiste por sí mismo.

Condenamos todas las herejías levantadas en contra de este artículo, como a los maniqueos, que pusieron dos principios, uno bueno y otro malo; también a los valentinianos, arrianos, eunomianos, mahometanos y todos sus similares. Condenamos también a los samosatenses, antiguos y modernos, quienes, a la par que sostienen que hay una persona en Dios, arguyen astuta e impíamente del Verbo y del Espíritu Santo que no son personas distintas, sino que verbo significa la palabra hablada, y espíritu significa el movimiento creado en las cosas.

Artículo 2

Del Pecado Original

Nuestras iglesias enseñan también que desde la caída de Adán todos los hombres, engendrados según la naturaleza, nacen con pecado; esto es, sin temor de Dios, sin confianza en Dios, y con concupiscencia; y que esta enfermedad o vicio de origen es verdaderamente pecado, que ahora mismo condena y trae la muerte eterna a los que no nacieron otra vez por el Bautismo y el Espíritu Santo.

Condenamos a los pelagianos y otros, que niegan que el vicio de origen sea pecado y, teniendo en poco la gloria del mérito y de los beneficios de Cristo, sostienen que el hombre puede ser justificado delante de Dios por sus propias fuerzas racionales.

Artículo 3

Del Hijo de Dios

Nuestras iglesias enseñan además que el Verbo, esto es, el Hijo de Dios, tomó la naturaleza humana en el seno de la bienaventurada virgen María, así que las dos naturalezas, la divina y la humana, inseparablemente unidas en la unidad de la persona, son un Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nacido de la virgen María, quien verdaderamente padeció, fue crucificado, muerto y sepultado, para reconciliarnos con el Padre y ser sacrificio no solamente por la culpa original sino también por los pecados actuales de los hombres.

El mismo descendió al infierno, al tercer día resucitó en verdad; después subió al cielo para sentarse a la diestra del Padre y reinar perpetuamente y dominar a todas las criaturas, y para santificar a los que creen en Él, mandando a sus corazones el Espíritu Santo para que los guíe, los consuele, los vivifique y los defienda contra el diablo y el poder del pecado. El mismo Cristo volverá visiblemente para juzgar a los vivos y a los muertos, según el Credo Apostólico.

Artículo 4

De la Justificación

Nuestras iglesias enseñan que los hombres no pueden ser justificados delante de Dios por su propio poder, mérito u obras, sino que son justificados gratuitamente por causa de Cristo mediante la fe, si creen que son recibidos en la gracia y que sus pecados son perdonados por causa de Cristo, quien por su muerte hizo satisfacción por nuestros pecados. Esta fe Dios la cuenta por justicia delante de sí mismo. Romanos 3 y 4.

 

 

Artículo 5

Del Ministerio Eclesiástico

Para que obtengamos esta fe, fue instituido el ministerio de enseñar el Evangelio y administrar los Sacramentos. Pues por la Palabra y los Sacramentos, como por instrumentos, es dado el Espíritu Santo, quien obra la fe donde y cuando le place a Dios, en los que oyen el Evangelio, a saber, que Dios, no por nuestros propios méritos, sino por causa de Cristo, justifica a los que creen ser recibidos en la gracia por causa de Cristo.

Los nuestros condenan a los anabaptistas y otros que piensan que el Espíritu Santo viene a los hombres sin la palabra externa, por su propia preparación y obras.

 

 

Artículo 6

De la Nueva Obediencia

Nuestras iglesias enseñan también que esta fe debe producir buenos frutos, y que es necesario hacer buenas obras, mandadas por Dios, por causa de la voluntad de Dios; pero que no confiemos en estas obras para merecer la justificación delante de Dios. Pues la remisión de los pecados y la justificación se obtiene por la fe, como lo atestigua también la voz de Cristo, Lucas 17:10: ‘Cuando hubiereis hecho todo lo que os he mandado, decid: Siervos inútiles somos’ Lo mismo enseñan también los antiguos escritores eclesiásticos. Pues Ambrosio dice: “Esto fue establecido por Dios, que el que cree en Cristo será salvo sin obras por la fe sola, recibiendo la remisión de los pecados gratuitamente.”

 

 

 

Artículo 7

De la Iglesia

Las iglesias enseñan también que ha de permanecer para siempre una santa Iglesia Cristiana. Esta Iglesia es la congregación de los santos, en la cual el Evangelio es rectamente enseñado y los Sacramentos son administrados con rectitud.

Para la verdadera unidad de la Iglesia es suficiente la conformidad en la doctrina del Evangelio y en la administración de los Sacramentos. Y no es necesario que en todas partes sean iguales las tradiciones humanas, a saber, los ritos o las ceremonias instituidas por hombres. Como dice Pablo a los Efesios 4:5-6: ‘Una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos.’

Artículo 8

De la Iglesia

Las iglesias enseñan también que ha de permanecer para siempre una santa Iglesia Cristiana. Esta Iglesia es la congregación de los santos, en la cual el Evangelio es rectamente enseñado y los Sacramentos son administrados con rectitud.

Para la verdadera unidad de la Iglesia es suficiente la conformidad en la doctrina del Evangelio y en la administración de los Sacramentos. Y no es necesario que en todas partes sean iguales las tradiciones humanas, a saber, los ritos o las ceremonias instituidas por hombres. Como dice Pablo a los Efesios 4:5-6: ‘Una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos.’

Artículo 9

Del Bautismo

Nuestras iglesias enseñan que el Bautismo es necesario para la salvación; que por el Bautismo se ofrece la gracia de Dios; y que los niños deben ser bautizados, los cuales al ser ofrecidos a Dios mediante el Bautismo, son recibidos en la gracia de Dios.

Los nuestros condenan a los anabaptistas, que reprueban el bautismo de los niños y que afirman que los niños se salvan sin el Bautismo.

Artículo 10

De la Cena del Señor

Nuestras iglesias enseñan que el cuerpo y la sangre de Cristo están realmente presentes en la Cena del Señor y son distribuidos a los participantes; y reprueban a los que no enseñan así.

Artículo 11

De la Confesión

Nuestras iglesias enseñan de la Confesión que la absolución privada o particular debe ser mantenida en las iglesias; aunque en la confesión no es necesaria la enumeración de todos los pecados. Pues esta es imposible, según Salmo 19:12: ‘Los errores, ¿quién los entenderá?’

Artículo 12

Del Arrepentimiento

Nuestras iglesias enseñan del arrepentimiento que los que han caído después del Bautismo pueden obtener el perdón de los pecados en cualquier tiempo que se conviertan, y que la Iglesia debe impartir la absolución a los que vuelven arrepentidos. Y el arrepentimiento, propiamente dicho, consta de estas dos partes: una es la contrición o los terrores que atormentan la conciencia una vez conocido el pecado; la otra es la fe, la cual nace del Evangelio o de la absolución, y cree que los pecados son perdonados por los méritos de Cristo, consuela la conciencia y la liberta de los terrores. Después deben seguir las buenas obras, las cuales son frutos del arrepentimiento.

Los nuestros condenan a los anabaptistas, quienes niegan que los que una vez fueron justificados pueden perder el Espíritu Santo; también a los que sostienen que algunos pueden alcanzar tanta perfección en esta vida que no pueden pecar más.

Condenamos también a los novacianos, quienes no querían absolver a los que habían caído después del bautismo y se volvían al arrepentimiento.

Reprobamos también a aquellos que no enseñan que la remisión de los pecados se obtiene por la fe, sino que nos mandan merecer la gracia por nuestras propias satisfacciones.

Artículo 13

Del Uso de los Sacramentos

Del uso de los Sacramentos las iglesias enseñan que los Sacramentos fueron instituidos no tan sólo como simples distintivos de profesión entre los hombres, sino más bien para que sean signos y testimonios de la voluntad de Dios para con nosotros, instituidos para despertar y confirmar la fe en los que los reciben. Por tanto deben usarse los Sacramentos de tal manera que vayamos a ellos con la fe por la cual creemos en las promesas que nos ofrecen y presentan los Sacramentos.

Por eso los nuestros condenan a los que enseñan que los Sacramentos justifican por el mero acto externo, y no enseñan que en el uso de los Sacramentos se necesita aquella fe que cree que los pecados son perdonados.

Artículo 14

Del Orden Eclesiástico

Del orden eclesiástico nuestras iglesias enseñan que nadie debe enseñar públicamente en la Iglesia o administrar los Sacramentos si no ha sido regularmente llamado.

Artículo 15

De los Ritos Eclesiásticos

De los ritos eclesiásticos nuestras iglesias enseñan que deben ser conservados aquellos ritos que pueden ser observados sin pecado y que son útiles para la tranquilidad y el buen orden de la Iglesia, como ciertos días festivos, fiestas y otros semejantes.

En cuanto a estas cosas, se amonesta a los hombres que no carguen sus conciencias como si tales cultos fueran necesarios para la salvación.

También se amonesta que las tradiciones humanas, instituidas para satisfacer a Dios, merecer la gracia y dar satisfacción por los pecados, son contrarias al Evangelio y a la doctrina de la fe. Por eso los votos y las tradiciones con respecto a comidas y días, etc., instituidas para merecer la gracia y satisfacer por los pecados, son inútiles y contra el Evangelio.

Artículo 16

De Asuntos Civiles

De los asuntos civiles las iglesias enseñan que las legítimas ordenanzas civiles son buenas obras de Dios, que es lícito para los cristianos ejercer la magistratura, administrar justicia, juzgar cosas según las leyes imperiales y otras leyes vigentes, imponer penas justas, tomar parte en guerra justa, prestar servicio militar, hacer contratos legales, tener propiedad, prestar juramento cuando son juramentados por los magistrados, tomar esposa, etc.

Los nuestros condenan a los anabaptistas, que prohiben a los cristianos estos cargos civiles.

Condenamos también a los que no colocan la perfección evangélica en el temor de Dios y la fe, sino en el abandono de los oficios civiles; pues el Evangelio enseñan la justicia eterna del corazón. Entre tanto, no deshace ni el gobierno civil ni la familia; sino que, por el contrario, demanda conservarlos como ordenanzas de Dios, y ejercer la caridad en estas ordenanzas. Por eso los cristianos deben necesariamente obedecer a sus magistrados y a las leyes; mas cuando ordenen pecar, entonces los súbditos deben obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5:29.

Artículo 17

De la Segunda Venida de Jesucristo

Las iglesias enseñan también que Cristo reaparecerá en la consumación del mundo para el juicio, y que resucitará a todos los muertos; a los píos y electos dará la vida eterna y gozo perpetuo, pero condenará a los hombres impíos y a los diablos para ser atormentados eternamente.

Los nuestros condenan a los anabaptistas, los cuales opinan que las penas de los hombres condenados y de los demonios tendrá fin.

Condenamos también a los que ahora propagan las opiniones judaicas de que antes de la resurrección de los muertos, después que los impíos hayan sido suprimidos en todas partes, los buenos ocuparán el reino del mundo.

Artículo 18

Del Libre Albedrío

Del libre albedrío nuestras iglesias enseñan que la voluntad humana tiene alguna libertad para practicar cierta honestidad civil y elegir en las cosas sujetas a la razón. Pero no puede, sin el Espíritu Santo, agradar a Dios, o sea realizar la justicia espiritual; pues el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, 1 Corintios 2:14. Mas esta justicia tiene lugar en los corazones, cuando el Espíritu Santo es recibido por la Palabra. Esto mismo lo dice Agustín con estas palabras en el libro tercero de su Hipognosticón: ‘Confesamos que en todos los hombres hay un libre albedrío; el cual tiene el sentido de la razón; no porque sea apto, sin Dios, para empezar o concluir alguna cosa perteneciente a Dios, sino que solamente lo que es las obras de esta vida presente, sean buenas o sean malas. Buenas digo a las que nacen de lo bueno en la naturaleza, a saber: querer trabajar en el campo; querer comer o beber; querer tener amigo; querer vestirse; querer levantar casa; querer casarse; querer formar hacienda; querer aprender varios artes útiles o cualquier cosa buena perteneciente a esta vida. Pues todas estas cosas no subsisten sin la providencia de Dios, antes bien de Dios y por Dios son y tienen su principio. Malas llamo a obras como querer adorar un ídolo, querer matar, etc.’

Los nuestros condenan a los pelagianos y otros, que enseñan que sin el Espíritu Santo y por medios naturales podemos amar a Dios en lo que se refiere a la substancia del acto. Pues aunque la naturaleza puede, de alguna manera, hacer las obras externas ‒puede cohibir sus manos del hurto y del homicidio‒ no puede, sin embargo, producir los movimientos interiores, como el temor de Dios, confianza en Dios, castidad, paciencia, etc.

Artículo 19

De la Causa del Pecado

De la causa del pecado enseñamos que, aunque Dios crea y conserva la naturaleza, sin embargo, la causa del pecado reside en la voluntad desordenada de los malos, esto es, del diablo y de los impíos; la cual, privada de la ayuda de Dios, se aparta de Dios, como dice Cristo, Juan 8:44: ‘Cuando habla mentira, de suyo habla’.

Artículo 20

De las Buenas Obras

Falsamente acusan a nuestras iglesias de prohibir las buenas obras. Muy al contrario, sus escritos publicados sobre los Diez Mandamientos y otros de tendencia semejante dan testimonio de que han enseñado útilmente con respecto a todos los estados en la vida y qué obras en cada estado agradan a Dios. De estas cosas los predicadores de antaño enseñaban muy poco, urgiendo solamente las obras pueriles e innecesarias, como ciertas fiestas, ayunos especiales, el culto de los santos, rezar el rosario, el monacato y cosas semejantes. Habiendo sido advertidos, nuestros adversarios han dejado esas cosas ahora, y ya no predican tales obras inútiles como lo hacían antes. Comienzan además a mencionar la fe, con respecto a la cual antes guardaban un silencio extraño. No enseñan ahora que somos justificados por la fe sola, sino que unen las obras a la fe, diciendo que somos justificados por la fe y las obras. Esta doctrina es más tolerable que la anterior y puede proporcionar más consuelo que su antigua doctrina.

Puesto que la doctrina de la fe, que debe ser la doctrina principal en la Iglesia, ha permanecido por tanto tiempo desconocida, como todos tienen que admitir, ya que en sus sermones hubo siempre el silencio más profundo con respecto a la justicia de la fe, a la vez que exponían solamente la doctrina de las obras en las iglesias; los nuestros enseñaron en las iglesias lo siguiente con relación a la fe: primeramente, que nuestras obras no pueden reconciliar a Dios con nosotros ni merecer la remisión de los pecados, la gracia y la justificación, sino que conseguimos esto solamente por la fe, creyendo que por causa de Cristo somos recibidos en la gracia, y que solamente Cristo fue puesto por Mediador y Propiciación, por quien el Padre se reconcilió con nosotros. Cualquier, pues, que confía merecer la gracia por las obras, desprecia el mérito y la gracia de Cristo, y busca el camino hacia Dios fuera de Cristo y por las fuerzas humanas, contra lo que Cristo dijo de sí mismo: ‘Yo soy el camino, la verdad, y la vida.’ Juan 14:6.

Esta doctrina de la fe es enseñada por todas partes por San Pablo. A los Efesios 2:8 escribe él: ‘Por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por las obras’.

Para que nadie diga astutamente que nosotros hemos inventado una nueva interpretación de Pablo, toda esta materia tiene en su favor los testimonios de los Padres. Agustín, en muchos volúmenes, defiende la gracia, y la justicia de la fe, contra los méritos de las obras. De la misma manera enseña Ambrosio en su obra De Vocatio Gentium, y en otras partes. Pues así dice en el tratado De Vocatio Gentium: ‘La redención por la sangre de Cristo perdería su valor, y la preeminencia de las obras humanas reemplazaría la misericordia de Dios, si la justificación, que es obra de la gracia, se debiera a los méritos precedentes, de modo que ya no fuera don del que da, sino mérito del que hace obras.’

Aunque esta doctrina sea despreciada por los que no han sido puestos a prueba, sin embargo, las conciencias tímidas y perturbadas saben por experiencia que produce el mayor consuelo; pues las conciencias no pueden ser tranquilizadas por ninguna obra, sino solamente por la fe, al persuadirse con seguridad de que por causa de Cristo están reconciliadas con Dios, como enseña San Pablo a los Romanos 5:1: ‘Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios’.

Toda esta doctrina hace referencia a la lucha de la conciencia intranquila, y fuera de esta lucha no tiene explicación. Por tanto, juzgan mal de esta materia los hombres sin experiencia y profanos, que sueñan que la justicia cristiana no es más que la justicia civil y filosófica.

Antes las conciencias fueron atormentadas con la doctrina de las obras y no oyeron el consuelo del Evangelio. La conciencia ahuyentó a algunos al desierto, al monasterio, con la esperanza de merecer allá la gracia por su vida monástica.

Otros concibieron obras diversas para merecer la gracia y hacer satisfacción por los pecados. Por tanto, es sumamente necesario presentar y renovar esta doctrina de la fe en Cristo, a fin de que las conciencias atormentadas no queden sin consuelo, sino que sepan que obtenemos la gracia y la remisión de los pecados y la justificación por la fe en Cristo.

Se advierte también a los hombres que aquí la palabra fe no significa solamente el conocimiento histórico, que tienen los impíos y los diablos, sino que indica aquella fe que cree no solamente la historia, sino también el efecto de la historia, es decir, este artículo: remisión de los pecados, a sea, que por Cristo tenemos la gracia, la justicia y la remisión de los pecados.

Ahora el que sabe que por Cristo tiene un Padre propicio, este conoce verdaderamente a Dios, sabe que Dios cuida de él, invoca a Dios; en suma, no está sin Dios, como los gentiles. Pues los diablos y los impíos no pueden creer este artículo de la remisión de los pecados. Por esto aborrecen a Dios como enemigo, no le invocan, ni esperan nada bueno de Él. Agustín también amonesta a sus lectores con respecto a la palabra fe, y enseña que en las Escrituras la palabra fe no significa el conocimiento, tal como existe en los impíos, sino la confianza, que consuela y alenta al espíritu aterrorizado.

Los nuestros enseñan además que es necesario hacer buenas obras, no porque confiemos merecer la gracia por ellas, sino porque es la voluntad de Dios. Solamente por la fe se obtiene remisión de los pecados, y esto gratuitamente. Y como por la fe se recibe el Espíritu Santo, también los corazones son renovados y dotados de nuevos afectos, para poder producir buenas obras. Así dice Ambrosio: ‘La fe es la madre de la buena voluntad y de las buenas acciones.’ Pues las fuerzas humanas sin el Espíritu Santo están llenas de afectos impíos y son demasiado débiles para poder hacer buenas obras delante de Dios. Además están bajo el poder del diablo, el cual impele a los hombres a diversos pecados, a opiniones impías, a delitos manifiestos. Eso puede verse en los filósofos, los cuales, aunque intentaron vivir honestamente, no pudieron lograrlo, sino que se mancharon con muchos delitos manifiestos. Tal es la debilidad del hombre, cuando no tiene fe sin el Espíritu Santo, y se gobierna sólo por las fuerzas humanas. De aquí se deduce fácilmente que esta doctrina, lejos de merecer la acusación de de que prohíbe las buenas obras, más bien debe ser ensalzada, porque señala cómo podemos hacer las buenas obras. Pues sin la fe la naturaleza humana no puede de manera alguna hacer las obras, ni del Primer ni del Segundo Mandamiento. Sin la fe no invoca a Dios, nada espera de Dios, no lleva la cruz; sino que busca apoyos humanos y en ellos confía; así que, cuando no existe la fe y la confianza en Dios, reinan en el corazón todas las concupiscencias e inclinaciones humanas. Por esto dijo Cristo, Juan 15:5: ‘Separados de Mí, nada podéis hacer’. Y la Iglesia canta: Sin tu poder divino, nada hay en el hombre, nada inocente.

Artículo 21

Del Culto de los Santos

Del Culto de los santos nuestras iglesias enseñan que puede proponérsenos la memoria de los santos para que imitemos su fe y las buenas obras según nuestra vocación; como el emperador puede imitar el ejemplo de David, haciendo la guerra para echar a los Turcos del país; pues ambos son reyes. Pero las Escrituras no enseñan la invocación de los santos, o implorar auxilio de ellos; pues nos proponen a solo Cristo como Mediador, Propiciador, Pontífice e Intercesor. Él debe ser invocado, y ha prometido oír nuestras oraciones, y aprueba sobre todo este culto, a saber, que Él sea invocado en todas aflicciones. 1 Juan 2:1-2: ‘Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y Él es la propiciación por nuestros pecados’.

Esta es casi la suma de nuestra doctrina, en la cual, como puede verse, no hay nada que esté en desacuerdo con las Escrituras, o con la Iglesia Cristiana Universal, o aún con la Iglesia Católica Romana, tal como se la conoce por sus escritores. Siendo esto así, juzgan con severidad todos aquellos que insisten en que los nuestros sean tenidos por herejes. Pero hay desacuerdo con respecto a algunos abusos, que han sido introducidos en la Iglesia sin autoridad legítima; más también en estos, aunque hubiera alguna falta de conformidad, debiera existir en los obispos tal bondad que tolerara a los nuestros por causa de la Confesión, como la hemos reseñado; porque ni aún los cánones son tan rígidos que exijan los mismos ritos en todas partes, ni jamás los ritos han sido iguales en todas las iglesias; aunque es cierto que entre nosotros los antiguos ritos se observan diligentemente en una gran parte. Es, pues, una imputación calumniosa y falsa que todas las ceremonias, todas las instituciones antiguas hayan sido abolidas en nuestras iglesias. Mas era queja pública que en los ritos ordinarios se habían introducido algunos abusos. No pudiendo ser estos aprobados en buena conciencia, son en parte corregidos.

 

Artículos sobre abusos que han sido corregidos

Puesto que no disienten con la Iglesia Cristiana Universal respecto a ningún artículo de la fe, sino que solamente omiten unos cuantos abusos, que son nuevos y fueron aceptados por causa de la corrupción de los tiempos y contra el intento de los cánones, rogamos a Vuestra Majestad Imperial escuche con clemencia tanto lo que ha sido corregido, como también cuáles fueron las razones por las que el pueblo no fue obligado a observar tales abusos contra su conciencia. No preste Vuestra Majestad Imperial fe a aquellos que, para excitar el odio de los hombres contra los nuestros, esparcen extrañas calumnias entre el pueblo. Habiendo de esta manera excitado las mentes de hombres buenos, dieron ocasión a esta desunión, y ahora, valiéndose de las mismas artes, se esfuerzan en acrecentar la discordia. Pues indudablemente Vuestra Majestad Imperial advertirá que la forma, tanto de la doctrina como de las ceremonias, entre nosotros no es tan intolerable como los hombres malos e impíos la representan. Además, la verdad no puede ser recogida de los rumores del pueblo o de las maledicencias de los enemigos. Pero fácilmente se puede pensar que nada contribuirá más a conservar la dignidad de las ceremonias y alentar la reverencia y la piedad en el pueblo que el observar las ceremonias rectamente en las iglesias.

Artículo 22

De las Dos Especies en la Cena del Señor

Las dos especies sacramentales se dan a los laicos en la Santa Cena, porque este uso tiene el mandamiento del Señor: Mateo 26:27: ‘Bebed de ella todos’, donde Cristo manifiestamente ordena, respecto a la copa, que todos beban.

Para que nadie dijere astutamente que esto se refiere solamente a los sacerdotes, San Pablo presenta un ejemplo, 1 Corintios 11:26, del cual se deduce con claridad que toda la congregación usaba ambas especies. Y este uso continuó por mucho tiempo en la Iglesia; no consta cuándo y por qué autoridad fue cambiado, aunque el cardenal Cusano menciona el tiempo en que fue aprobado. Cipriano atestigua en algunos lugares que la sangre fue dada al pueblo. Los mismo testifica Jerónimo, diciendo: ‘Los sacerdotes administran la Santa Cena y distribuyen la sangre de Cristo al pueblo.’ A la verdad, el papa Gelasio manda que la Cena del Señor no sea dividida, dist. 2, de Consecratione, cap. Comperimus. Solamente la costumbre, no muy antigua, lo establece en forma distinta. Pero es evidente que una costumbre, instituida contra el mandamiento de Dios, no debe ser permitida, como atestiguan los cánones, dist. 8, cap. Veritate, y los capítulos siguientes. Sin embargo, esta costumbre se ha introducido no solamente contra las Escrituras, sino también contra los antiguos cánones y contra el ejemplo de la Iglesia. Por tanto, si algunos preferían usar ambas especies en la Cena del Señor, no deberían haber sido obligados a hacerlo en otra forma, con ofensa para sus conciencias. Y porque la división del Sacramento no concuerda con la institución de Cristo, acostumbramos omitir la procesión, la cual antes solía hacerse.

Artículo 23

Del Matrimonio de los Sacerdotes

Había pública queja con respecto a los ejemplos de los sacerdotes que no vivían castamente. Por esa razón se refiere también que el papa Pío dijo que había algunas razones por las cuales se negó el matrimonio a los sacerdotes, pero que hay razones mucho más graves por las que debe serles permitido. Pues así escribe Platina. Queriendo, pues, nuestros sacerdotes evitar. Estos escándalos públicos, se casaron y enseñaron que les era lícito contraer matrimonio. En primer lugar, San Pablo dice, 1 Corintios 7:2, 9: ‘A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer’; y también: ‘mejor es casarse que estarse quemando.’ En segundo lugar, Cristo dice, Mateo 19:11: ‘No todos son capaces de recibir esto,’ donde enseña que no todos los hombres son idóneos para el celibato; porque Dios creó al hombre para la procreación, Génesis 1:28. No está en la mano del hombre cambiar este orden de la creación sin un don singular y por la obra de Dios. (Es evidente también, y muchos lo han confesado, que de esta práctica no ha resultado una vida buena, honesta y casta, y una conducta cristiana, sincera y honrada, sino que más bien muchos experimentaron hasta su muerte una terrible inquietud y tormento en sus conciencias).

Consta también que en la Iglesia antigua los sacerdotes fueron hombres casados. Pues Pablo dice, 1 Timoteo 3:2, que ha de ser elegido obispo el que sea marido de una mujer. Y en Alemania, hace cuatrocientos años que por vez primera los sacerdotes fueron llevados al celibato por la fuerza; ellos se resistieron tanto que el arzobispo de Maguncia, a punto ya de publicar el edicto del pontífice romano sobre esta materia, casi fue muerto en el tumulto por los sacerdotes encolerizados. Y esta decisión papal se cumplió con tanto rigor que no sólo fueron prohibidos los matrimonios futuros, sino que fueron separados con violencia los ya existentes, contra todo derecho, divino y humano, y contra los mismos cánones, hechos no por los pontífices, sino por los más célebres sínodos. (Además, muchas personas piadosas e inteligentes colocadas en altas posiciones han expresado frecuentemente su convicción de que el celibato impuesto por la fuerza, y el privar a los hombres del matrimonio que Dios mismo ha instituido y librado para ellos, nunca produjo buenos resultados, sino que ha acarreado muchos vicios grandes y perniciosos y mucha iniquidad.

Y porque, a la par que el mundo se envejece, la naturaleza humana se debilita paulatinamente, conviene vigilar, para que no penetren otros vicios más en Alemania.

Además Dios instituyó el matrimonio para que fuese un remedio contra la flaqueza humana. Y los mismos cánones dicen que el antiguo rigor debe ser suavizado a veces en estos últimos tiempos por causa de la debilidad de los hombres; y sería de desear que así se procediera también en este asunto. Y puede temerse que algún día faltarán pastores en las iglesias, si se prohíbe al matrimonio en adelante.

Pero, aunque está en todo su vigor el mandamiento de Dios, a pesar de que es conocida la costumbre de la Iglesia, mientras el impuro celibato causa muchos escándalos, adulterios y otros crímenes, dignos del castigo de rectos magistrados, es a la vez cosa de pasmarse, que en ningún asunto se ejerza tanta crueldad como contra el matrimonio de los sacerdotes. Dios mandó honrar el matrimonio. Las leyes de todas las naciones bien constituidas, hasta entre los gentiles, le tributan grandes honores. Y ahora hasta los sacerdotes son castigados con la pena capital, contra el intento de los cánones, por ninguna otra causa que el matrimonio. Pablo llama doctrina de demonios a la que prohíbe el casamiento, 1 Timoteo 4:1-3. Esto se entiende fácilmente ahora, en que la prohibición del matrimonio es mantenida por medios tan aflictivos.

Pero como ninguna ley humana puede anular el mandamiento de Dios, así tampoco ningún voto puede anularlo. Por tanto, también Cipriano aconseja que se casen las mujeres que no conservan la castidad prometida. Estas son sus palabras, Libro 1, Ep. 11: ‘Pero si no pueden, o si no quieren perseverar, mejor es que se casen que caer al fuego por sus propias concupiscencias; seguramente no deben escandalizar a sus hermanos y hermanas.’ Hasta los mismos cánones son equitativos para con aquellos que hicieron votos antes de haber llegado a una edad conveniente, como generalmente sucedió en el pasado.

Artículo 24

De la Misa [Culto Divino]

Acúsase falsamente a nuestras iglesias de haber abolido la misa; puesto que la misa es retenida entre nosotros y celebrada con la mayor reverencia. Y casi todas las ceremonias usuales son conservadas, salvo que en algunas partes se entremezclan entre las canciones latinas algunas alemanas, las cuales han sido añadidas para enseñar al pueblo. Porque para una sola cosa son necesarias las ceremonias, para que enseñen a los menos instruidos (lo que deben saber de Cristo). Y no sólo Pablo mandó usar en la Iglesia una lengua conocida por el pueblo, 1 Corintios 14:2, 9, sino que también fue establecido así por el derecho humano. El pueblo acostumbra a comulgar todos juntos, cuando algunos están prepardos; y esto también aumenta la reverencia y la devoción en las ceremonias públicas. Pues no se admite a ninguno que no haya sido examinado antes. El pueblo también es amonestado sobre la dignidad y el uso de la Cena del Señor, y sobre el gran consuelo que trae a las conciencias perturbadas, para que aprendan a creer en Dios y esperar y pedir de Dios todo lo bueno. (Aquí se les instruye también respecto de otras falsas doctrina acerca de la Santa Cena). Este culto place a Dios; este uso de la Cena del Señor aumenta la piedad hacia Dios. Por tanto, no aparece que la misa es celebrada con mayor devoción entre nuestros adversarios que entre nosotros.

Pero es evidente que, desde ya hace tiempo, ha habido una pública y muy grande queja de todos los hombres buenos sobre la torpe profanación que se ha hecho de las misas, valiéndose de ellas únicamente para lucrar. Todos conocen cuán difundido es este abuso en todas las iglesias, por qué clase de hombres se celebran misas solamente para lograr gratificaciones o estipendios, o cuántos las celebran contra las prohibiciones de los cánones. Pero Pablo amenaza gravemente a los que tratan indignamente la Santa Cena, cuando dice, 1 Corintios 11:27: ‘cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.’ Cuando, pues, nuestros sacerdotes fueron amonestados con respecto a este pecado, faltaron las misas privadas, porque apenas una que otra misa privada se celebraba si no era por causa del lucro.

Tampoco los obispos ignoraban estos abusos, y si los hubiesen corregido a tiempo, ahora hubiera menos disención. Antes, por su tolerancia, permitieron que muchos vicios se introdujeran en las Iglesia. Ahora, cuando ya es muy tarde, empiezan a lamentarse de perturbación en la Iglesia; aunque esta confusión fue ocasionada solamente por aquellos abusos, tan manifiestos, que no pudieron ser tolerados más. Ha habido grandes disenciones sobre la misa, sobre el Sacramento. Acaso el mundo sufre apenas por la profanación continuada de la misa, la cual fue tolerada en las iglesias durante tantos siglos por los mismos hombres que pudieron y debieron enmendarla. Pues en el Decálogo, Éxodo 20:7, está escrito: ‘No dará por inocente el Señor al que tomare su nombre en vano.’ Pero desde el principio del mundo no se conoce que ninguna cosa divinamente instituida haya sido jamás tan vilmente aplicada al lucro como la misa.

A esto se agregó una opinión que aumentó infinitamente las misas privadas, a saber: que Cristo, por su pasión, hizo satisfacción por el pecado original, e instituyó la misa, en la cual se hiciera sacrificio por los pecados diarios, tanto por los mortales como por los veniales. De ahí se originó la opinión general de que la misa borra por los pecados de los vivos y de los muertos por la mera obra externa [ex opere operato]. Luego comenzaron a disputar si una misa, dicha a favor de muchos, valdría tanto como una misa dicha a favor de uno solo. Esta disputa produjo tal multitud infinita de misas. (Por esta obra pretendían conseguir de Dios todo lo que necesitaban, y mientras tanto la fe en Cristo y el verdadero culto divino eran olvidados).

Los nuestros fueron advertidos que estas opiniones se apartan de las Sagradas Escrituras y aminoran la gloria de la pasión de Cristo. Pues la pasión de Cristo fue oblación y satisfacción no solamente por la culpa original, sino también por todos los demás pecados, conforme está escrito, Hebreos 10:10: ‘Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre’; también 10:14: ‘con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.’ (Es una innovación inaudita en la Iglesia, enseñar que Cristo por su muerte hizo satisfacción solamente por el pecado original y no al mismo tiempo por todos los pecados. Por eso confiamos que todos comprenderán que este error no ha sido reprobado sin causa suficiente).

Las Escrituras enseñan también que somos justificados delante de Dios [coram Deo] por la fe en Cristo, cuando creemos que los pecados nos son perdonados por causa de Cristo. Ahora, si la misa quita los pecados de los vivos y de los muertos por la mera obra externa, la justificación viene de la obra de la misa, y no de la fe; esto no lo admiten las Escrituras.

Pero Cristo nos manda: ‘Haced esto en memoria de Mí’, Lucas 22:19. Por tanto la misa fue instituida para que la fe de aquellos que reciben la Cena del Señor recuerde cuáles son los beneficios que recibe por Cristo, y conforte y consuele la conciencia perturbada. Pues recordar a Cristo quiere decir recordar sus beneficios, y creer que en verdad están a disposición de nosotros. Y no basta con sólo recordar la historia; pues también los judíos y los impíos pueden recordarla. Por tanto la misa ha de ser celebrada con el fin de que la Cena del Señor sea administrada a los que necesitan consuelo; como dice Ambrosio: ‘Porque siempre peco, siempre debo recibir la medicina.’ (Por eso, este Sacramento exige la fe; y sin la fe se usa en vano).

Siendo, pues, la misa tal administración del Sacramento, se celebra entre nosotros una misa común todos los días de fiesta, y también en otros días, si algunos desean la Santa Cena; entonces el Sacramento se administra a los que lo piden. Esta costumbre no es nueva en la Iglesia. Pues los Padres antes de Gregorio no hacen mención de misa privada alguna; pero de la misa común (o Comunión) hablan mucho. Crisóstomo dice: ‘El sacerdote está en el altar diariamente; a algunos invita a la Comunión, y a otros se la impide.’ Se deduce de los antiguos cánones que uno solo celebraba la misa, de cuyas manos recibían el cuerpo del Señor los otros presbíteros y diáconos. Pues así dice las palabras del canon Niceno: ‘Según su orden, después de los presbíteros reciban los diáconos la santa Comunión del obispo o de un presbítero.’ Y Pablo mandó, respecto a la Comunión, 1 Corintios 11:33, que los unos esperen a los otros, para que haya participación común.

Probado, pues, que la misa entre nosotros sigue el ejemplo de la Iglesia, fundado tanto en las Escrituras como en los Padres, confiamos que no puede ser desaprobada, máxime cuando en gran parte se conservan ceremonias públicas similares a las que antes se usaron. Solamente no es igual el número de misas, el cual, por causa de grandes y manifiestos abusos, convendría ciertamente que fuera reducido. Pues antes la misa no se celebraba diariamente, ni aún en las iglesias más visitadas, como testifica la Historia Tripartita, libro 9, cap. 38: ‘Pero al contrario, en Alejandría, el miércoles y el viernes las Escrituras son leídas, los doctores las interpretan, y se hace todo menos el solemne rito de la Comunión.’

Artículo 25

De la Confesión

La Confesión en las Iglesias no está abolida entre nosotros. Pues no acostumbramos dar el cuerpo de Cristo, sino a los que antes han sido examinados y absueltos. El pueblo es instruido muy diligentemente con respecto a la fe en la absolución, sobre la cual hubo un profundo silencio antes de este tiempo. Nuestra grey es instruida para que estime la absolución, porque esa es la voz de Dios pronunciada por mandato divino. El Poder de las Llaves se propone en su hermosura, y se hace presente cuan gran consuelo lleva a las conciencias perturbadas; también, que Dios requiere la fe para creer en la absolución como en una voz que se escucha del cielo, y que tal fe en Cristo verdaderamente obtiene y recibe la remisión de los pecados. Antes las satisfacciones fueron exaltadas inmoderadamente; mas no se hizo mención alguna de la fe, del mérito de Cristo y de la justicia de la fe. Por tanto, con respecto a esta cuestión, nuestras iglesias no deben ser inculpadas de modo alguno. Pues también los mismos adversarios deben concedernos que la doctrina del arrepentimiento ha sido muy diligentemente tratada y explicada por los nuestros.

Pero acerca de la Confesión enseñamos que la enumeración de los pecados no es necesaria, y que no se carguen las conciencias con la ansiedad de enumerar todos los pecados, como dice el Salmo 19:12: ‘Los errores, ¿quién los entenderá?’ Tambén Jeremías 17:9: ‘Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso.’ Pero si no fueran perdonados todos los pecados, y solamente aquellos que fuesen enumerados, las conciencias nunca podrían aquietarse, pues muchísimos pecados ni se ven, ni se pueden recordar. También los antiguos escritores aseveran que la enumeración no es necesaria. Pues en los decretos se cita a Crisóstomo, quien dice así: “No te digo que te expongas en público, ni que te acuses delante de otros; mas quiero que obedezcas al profeta, quien dice: ‘Encomienda al Señor tu camino’ [Salmo 37:5]. Por tanto confiesa tus pecados delante de Dios, el verdadero Juez, con oración. Pronuncia tus errores, no con la lengua, sino con la memoria de tu conciencia’, etc. Y la glosa (De la Penitencia, dist. 3, cap. Consideret) admite que la Confesión es por derecho humano (no mandada por las Escrituras, sino ordenada por la Iglesia). No obstante se retiene la Confesión entre nosotros tanto por el beneficio muy grande de la absolución como por sus demás utilidades para las conciencias.

Artículo 26

De la División por las Comidas

Ha sido creencia general, no sólo del pueblo, sino también de los maestros en la Iglesia, que la división respecto a las comidas y otras tradiciones humanas similares son obras útiles para merecer la gracia y para hacer satisfacción por los pecados. Que también el mundo pensaba así, se desprende del hecho de que diariamente fueron instituidas nuevas ceremonias, nuevas órdenes, nuevas fiestas, nuevos ayunos, y los doctores en la Iglesia exigieron estas obras como un culto necesario para merecer la gracia, y llenaron de terror las conciencias de la gente, cuando omitían alguna de estas cosas. De esta persuación en materia de tradiciones sobrevinieron muchos perjuicios a la Iglesia.

En primer lugar, ha sido oscurecida la doctrina de la gracia y de la justicia de la fe, la cual es la parte principal del Evangelio, y debe ser exaltada como la doctrina preeminente en la Iglesia, a fin de que el mérito de Cristo sea bien conocido y la fe, que cree que los pecados son perdonados por causa de Cristo, sea exaltada muy por encima de las obras. Por eso también Pablo de la mayor importancia a este artículo, no dando importancia a la Ley y las tradiciones humanas, a fin de mostrar que la justicia cristiana es algo más que las obras de este género, a saber: la fe, que cree que los pecados son gratuitamente perdonados por causa de Cristo. Pero esta doctrina de Pablo ha sido casi totalmente ocultada por las tradiciones, las cuales han formado la opinión de que se debe merecer la gracia y la justicia por la distinción en comidas y cultos parecidos. Cuando se hablaba del arrepentimiento, ninguna mención se hizo de la fe; solamente fueron propuestas estas obras satisfactorias; parecía que en ellas existiera todo el arrepentimiento.

En segundo lugar, estas tradiciones oscurecieron los Mandamientos de Dios, porque las tradiciones fueron colocadas muy por encima de los Mandamientos de Dios. El cristianismo era considerado como una mera observancia de ciertos días de fiesta, ritos, ayunos y vestiduras. Estas observancias habían ganado para sí el muy honrado título de ser la vida espiritual y la vida perfecta. Entre tanto los Mandamientos de Dios según la vocación de cada uno, no merecían ningún honor; que el padre de familia educara a sus hijos, que la madre diera a luz, que el príncipe gobernara el estado: estas cosas eran reputadas como obras mundanas e imperfectas, y muy inferiores a aquellas observancias aparatosas. Y este error atormentaba muchísimo a las conciencias piadosas, que se afligían al considerarse en un estado de vida imperfecto, por ejemplo en el matrimonio, en la magistratura, o en otras funciones civiles; por otra parte fueron admirados los monjes y sus similares, y las observancias de ellos fueron falsamente juzgadas más gratas a Dios.

En tercer lugar, las tradiciones eran muy peligrosas para las conciencias; porque era imposible observar todas las tradiciones, y sin embargo se consideraban estas observancias como actos necesarios de culto. Gersón escribe que muchos cayeron en desesperación, y también algunos se suicidaron, porque sintieron que no podían cumplir las tradiciones, mientras tanto no habían escuchado consolación alguna acerca de la justicia de la fe y acerca de la gracia. Vemos que los sumistas y teólogos juntan las tradiciones y buscan alguna moderación para aliviar las conciencias; pero con todo esto no libertaron suficientemente las conciencias, sino que al contrario las enredan aun más. Las escuelas y los sermones estaban tan ocupados en dar cuerpo a las tradiciones que no quedaba oportunidad para tocar las Escrituras y buscar la doctrina más útil de la fe, de la cruz, de la esperanza, de la dignidad en los asuntos civiles, de la consolación de las conciencias penosamente tentadas. Por eso Gersón y otros teólogos se quejaron con aflicción de que por estas tradiciones estaban impedidos para poner su atención en una doctrina de mejor calidad. También Agustín prohíbe que las conciencias de la gente sean cargadas con estas observancias, y prudentemente amonesta a Januario, que sepa que han de ser observadas como cosas indiferentes; pues estas son sus palabras. [Agustín, Epístola 119 a Januario].

Por eso los nuestros no deben ser considerados como si hubiesen emprendido esta obra temerariamente o por odio a los obispos, como algunos equivocadamente sospechan. Gran necesidad había de amonestar a las iglesias con respecto a estos errores que tienen su origen en las tradiciones mal entendidas. Pues el Evangelio nos obliga a insistir en las iglesias sobre la doctrina de la gracia y de la justicia por la fe, la cual sin embargo, no puede ser entendida si los hombres piensan que merecen la gracia por observancias de su propia elección.

Así, pues, enseñaron que no podemos merecer la gracia o ser justificados por el cumplimiento de las tradiciones humanas. Por eso, no debemos pensar que tales observancias sean actos necesarios del culto. Añaden el testimonio de las Escrituras. Cristo defiende a los apóstoles, Mateo 15:3, 9, que no habían observado la tradición usual, la cual evidentemente se refería a una cuestión que no era ilegal, sino indiferente, y tenía alguna relación con las purificaciones de la Ley, y dice: ‘en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.’ Por tanto, Él no exige un culto inútil. Un poco después añade: ‘No lo que entra en la boca contamina al hombre’ [Mateo 15:11]. Colosenses 2:16, 20-21: ‘Nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo.’ Y: ‘Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques?’ Hechos 15:10-11, dice San Pedro: ‘¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos.’ Aquí San Pedro prohíbe cargar a las conciencias con muchos ritos, sean de Moisés, sean de otros. En 1 Timoteo 4:1-3 San Pablo denomina la prohibición de comidas ‘doctrina de demonios’, porque repugna al Evangelio instituir o hacer tales obras con el fin de que por ellas merezcamos la gracia, o como si el cristianismo no pudiera existir sin tal culto.

Aquí los adversarios objetan que los nuestros prohíben la disciplina y la mortificación de la carne, como Joviniano. Pero en los escritos de nuestros teólogos se enseña todo lo contrario. Pues siempre enseñaron, con respecto a la cruz, que corresponde a los cristianos sufrir las aflicciones. Esta es la verdadera, seria y genuina mortificación, a saber, ser ejercitado en varias aflicciones y ser crucificado con Cristo.

Además enseñan los nuestros que cualquier cristiano debe ejercitarse y sojuzgarse por una disciplina corporal, o por ejercicios y trabajos corporales, de tal modo que ni la saciedad ni la ociosidad le tienen a pecar; pero no porque a causa de estos ejercicios merezcamos la gracia o hagamos satisfacción por los pecados. Esta disciplina corporal debe ser urgida siempre, y no solamente para algunos días ya fijados; como manda Cristo, Lucas 21:34: ‘Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida.’ También Mateo 17:21: ‘Pero este género [demonio] no sale sino con oración y ayuno’. Y Pablo dice, 1 Corintios 9:27: ‘Golpeo mi cuerpo,  y lo pongo en servidumbre.’ Aquí demuestra claramente que castiga su cuerpo de este modo, no para que por esta disciplina merezca la remisión de los pecados, sino para que tenga su cuerpo en sujeción e idóneo para las cosas espirituales y para ejercer su oficio según su vocación. Por eso no condenamos el ayuno en sí mismo, sino las tradiciones que, con peligro para la conciencia, prescriben ciertos días y ciertas comidas, como si tales cultos fuesen una obra necesaria.

Sin embargo, entre nosotros se guardan muchísimas tradiciones que conducen a mantener el orden en la Iglesia, como el orden de las lecciones en la misa y los principales días de fiesta. Pero al mismo tiempo se advierte al pueblo que tal culto no justifica delante de Dios, y que no debe ser considerada como pecado la omisión de estas cosas, si se hiciere sin escándalo. Esta libertad en ritos humanos no era desconocida por los Padres. Pues en el Oriente se observaba la Pascua en distinto tiempo que en Roma, y habiendo los romanos, por causa de esta diferencia, acusado a la Iglesia del Oriente como cismática, fueron amonestados por los demás que no es necesario que tales costumbres sean iguales en todas partes. Ireneo dice: ‘La diversidad de los ayunos no quita la armonía de la fe’.  Como también el papa Gregorio intima en dist. 12 que esta diferencia no rompe la unidad en la Iglesia. En la Historia Tripartita, Libro 9, se presentan muchos ejemplos de disparidad en los ritos y se citan estas palabras: “La opinión de los apóstoles no era instituir días de fiesta, sino predicar la piedad y una vida consagrada” (enseñar la fe y el amor).

Artículo 27

De los Votos Monásticos

Lo que entre nosotros se enseña con respecto a los votos monásticos será mejor entendido, si se tiene presente cuál fue el estado de los monasterios, y cuántas cosas sucedieron diariamente en los mismos contra los cánones. En el tiempo de Agustín eran asociaciones libres; después, corrompida ya la disciplina, fueron añadidos en todas partes los votos para restituir la disciplina, como en una cárcel bien arreglada y bien administrada.

Paulatinamente se añadieron estas otras muchas prácticas. Y estos grillos se cerraron para muchos antes de la edad permitida, contra los cánones. Muchos también entraron en esta forma de vida por ignorancia, a los cuales, aunque no les faltasen los años, sin embargo les faltaba un juicio exacto sobre sus propias fuerzas. Los que así fueron enredados, se vieron en la obligación de quedarse, aunque algunos podían haberse libertado por beneficio de los cánones. Esto acaeció más en los monasterios de mujeres que en los frailes, aunque se debiera haber tenido mayor consideración por el sexo débil. Este rigor causó antes de hora el disgusto de muchos hombres buenos, quienes vieron que muchachas y adolescentes fueron metidos en los monasterios para procurar su manutención. Vieron las consecuencias desgraciadas que resultaban de este proceder, los escándalos que se originaron, las trabas que se impusieron a las conciencias. Sentían gran dolor al ver que la autoridad de los cánones era enteramente desconocida y despreciada en un asunto tan grave. A estos males se añadió tal persuación con respecto a los votos que llegó, en tiempos pasados, como es sabido, hasta causar el desagrado de aquellos monjes que tenían mayor juicio. Enseñaban que los votos monásticos eran equivalentes al Bautismo; enseñaban que con este género de vida ellos merecían la remisión de los pecados y la justificación delante de Dios. Añadían que la vida monástica no solamente merece la justicia delante de Dios, sino aun más; porque guarda no solamente los preceptos, sino también los llamados ‘consejos evangélicos.’

De este modo persuadían a la gente que la profesión monástica era mucho mejor que el Bautismo; que la vida monástica era más meritoria que la vida de los magistrados, la vida de los pastores y de los demás, que sin cultos ficticios sirven en su vocación conforme a los Mandamientos de Dios.

Nada de eso puede ser negado; pues aparece en los propios libros de ellos. (Además, una persona engañada en esta forma y entrada en el monasticismo, aprende muy poco de Cristo).

¿Qué aconteció más tarde en los monasterios? Antaño eran escuelas de las Sagradas Escrituras y de otras disciplinas útiles a la Iglesia, de las cuales podrían salir los pastores y los obispos. Ahora son otra cosa, que no es necesario repetir porque todos lo saben. Antes se congregaron para aprender. Ahora fingen que es una manera de vida instituida para merecer la gracia y la justicia; hasta predican que es un estado de perfección y lo declaran mucho mejor que todos los demás géneros de vida, ordenados por Dios. Estas cosas las hemos repetido sin exageración odiosa, con el fin de que la doctrina de los nuestros en este punto pueda ser mejor entendida.

En primer lugar, con respecto a los que contraen matrimonio, nosotros enseñamos que es lícito contraer matrimonio para todos aquellos que no son aptos para el celibato. Porque los votos no pueden anular una ordenanza o un mandamiento de Dios. El mandamiento de Dios es este, 1 Corintios 7:2: ‘A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer’. Y no es solamente el mandamiento, sino también la creación y la ordenanza de Dios, que obliga al matromonio a los que no son exceptuados por una obra singular de Dios, según el texto: ‘No es bueno que el hombre esté solo’, Génesis 2:18. Por tanto no pecan aquellos que obedecen este mandamiento y ordenanza de Dios.

¿Qué puede objetarse contra esto? Por mucho que alguno exagere la obligación del voto, sin embargo, no podrá conseguir que el voto anule el mandamiento de Dios. Los cánones enseñan que en todo voto se mantiene incólume el derecho del superior (que los votos no obligan contra la decisión del papa); por tanto, mucho menos valen los votos hechos contra los mandamientos de Dios.

Ahora, si la obligación de los votos no pudiera ser mudada por ninguna razón, tampoco los pontífices romanos hubiesen podido conceder dispensas. Pues no es lícito al hombre anular una obligación que es simplemente de derecho divino. Pero los pontífices romanos juzgaron prudentemente que en esta obligación debe usarse de lenidad; por esto se lee que a menudo han dispensado de los votos. Sabida es la historia del rey de Aragón, que fue sacado del monasterio; y también hay ejemplos de nuestro tiempo.

En segundo lugar: ¿Por qué exageraron los adversarios la obligación o el efecto del voto y al mismo tiempo guardan silencio con respecto a la naturaleza misma del voto, que ha de ser hecho en una cosa posible; que ha de ser voluntario, y hecho espontáneamente, después de madura reflexión? Pero hasta dónde alcance el poder humano para guardar castidad perpetua, esto no es desconocido. ¿Cuántos con los que han hecho los votos espontánea y consideradamente? Las doncellas y los adolescentes son convencidos y a veces compelidos a hacer los votos antes de que puedan formar juicio sobre ellos. Por tanto, no es justo insistir tan rigurosamente en la obligación, cuando todos conceden que es contra la naturaleza del voto hacerlo involuntaria e inconsideradamente.

La mayoría de los cánones anulan los votos hechos antes de los quince años, porque a esta edad no parece suficiente el discernimiento en una persona para resolver sobre la vida entera. Otro canon concediendo más a la debilidad humana, añade alguno años; porque prohíbe hacer votos antes de los dieciocho años. Pero, ¿cuál de los dos cánones seguiremos? La mayoría tiene justificación para salir de los monasterios, porque la mayoría hizo votos antes de esta edad.

Finalmente, aunque la violación del voto pudiera ser censurada, sin embargo, no parece una deducción lógica que los matrimonios de las personas que lo violaron deben ser disueltos. Pues Agustín niega que deben ser disueltos, 27, quaest. 1, Nuptiarum; y su autoridad no es ordinaria, aunque después otros pensaron de otra manera. Pero aunque evidentemente el mandamiento de Dios con respecto al matrimonio liberta a muchos de sus votos, sin embargo los nuestros se fundan en otra razón de gran importancia para demostrar la invalidez de los votos. Porque todo culto religioso, instituido y elegido por los hombres sin mandamiento de Dios para merecer la justificación y la gracia, es impío; como dice Cristo, Mateo 15:9: ‘Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres’. Pablo enseña en todas partes que la justicia no ha de ser buscada en nuestras prácticas materiales y en cultos ideados por los hombres, sino que viene por la fe a los que creen que son recibidos en la gracia de Dios por causa de Cristo.

Pero consta que los frailes enseñaban que el espíritu de religión inventado por ellos satisface por los pecados y merece la gracia y la justificación. ¿Qué significa esto, sino disminuir la gloria de Cristo, oscurecer y negar la justicia de la fe? Por tanto, resulta que los votos comúnmente hechos eran cultos impíos y por eso inválidos. Pues el voto impío, hecho contra el mandamiento de Dios, no es válido, porque el voto no debe ser un lazo de la iniquidad, como dice el canon.

San Pablo dice, Gálatas 5:4: ‘De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído’. Por tanto, también aquellos que quieren ser justificados por los votos, son vacíos de Cristo y caen de la gracia. Pues también los que atribuyen la justificación a los votos, atribuyen a sus propias obras lo que propiamente pertenece a la gloria de Cristo.

En verdad, no se puede negar que los frailes enseñaban que por sus votos y prácticas eran justificados y merecían la remisión de los pecados. No solamente esto, sino que inventaban absurdos todavía más grandes, diciendo que podían hacer partícipes de sus obras a otros. Si uno se inclinara a exagerar estas cosas con intenciones maliciosas, ¡cuántas cosas pudiera acumular, de las cuales hasta los mismos frailes se avergüenzan ahora! Además, persuadieron a los hombres que las órdenes creadas por hombres representaban el estado de perfección cristiana. ¿No quiere decir esto atribuir la justificación a las obras? Es un grave escándalo en la Iglesia proponer a la gente, sin un mandamiento de Dios, un culto inventado por los hombres y enseñar que tal culto los justifica. Pues la justicia de la fe, la cual debe ser enseñada ante todo en la Iglesia, queda oscurecida cuando estos llamados ‘admirables y angélicos cultos’ con su simulación de pobreza, de humildad y del celibato se ponen como una venda ante los ojos de los hombres.

Además, los mandamientos de Dios y el verdadero culto de Dios se echan al olvido cuando la gente oye que solamente los frailes se hallan en estado de perfección. Porque la perfección cristiana es temer a Dios de corazón y, no obstante, concebir una fe grande y confiar que, por causa de Cristo, Dios está aplacado con nosotros; pedir a Dios y con toda seguridad esperar su auxilio en todas las cosas que debemos hacer en nuestra vocación; y entre tanto hacer con diligencia buenas obras externas, y servir en nuestra vocación. En estas cosas consiste la verdadera perfección y el verdadero culto a Dios. No consiste en el celibato, ni en la mendicidad, ni en un mal vestir. Pero el pueblo saca muchas opiniones perniciosas de los encomios falsos de la vida monástica. Oyen alabar el celibato desmesuradamente; por eso viven en el matrimonio con detrimento de su conciencia. Oyen que solamente los mendicantes los mendicantes son perfectos; por eso retienen sus posesiones y sus negocios con ofensa para su conciencia. Oyen que es un consejo evangélico no vengarse; por eso algunos no temen vengarse en la vida privada; pues oyen que es solamente un consejo, y no un mandamiento. Otros juzgan que es indigno para los cristianos ser magistrados o tener oficios civiles.

Se leen ejemplos de hombres que, después de abandonar el matrimonio y la administración de las cosas públicas, se escondieron en monasterios. Eso llamaban huir del mundo y buscar un modo de vida más agradable a Dios. Tampoco veían que se ha de servir a Dios en aquellos mandamientos que Él mismo dio, y no en los mandamientos inventados por los hombres. Bueno y perfecto modo de vida es aquel que tiene un mandamiento de Dios. Es necesario amonestar a los hombres con respecto a estas cosas.

Antes de ahora, Gersón reprende este error de los frailes con respecto a la perfección y testifica que en su tiempo era un dicho nuevo que la vida monástica fuera un estado de perfección.

Tan numerosas son las opiniones impías que se refieren a los votos: a saber, que ellos justifican; que son la perfección cristiana; que guardan los consejos y los mandamientos; que tienen obras de supererogación. Todas estas, porque son falsas y vanas, hacen inválidos los votos.

 

Artículo 28

Del Poder Eclesiástico

  1. Distinción entre el poder eclesiástico y el gobierno civil

Hubo grandes controversias sobre el poder de los obispos, en las cuales algunos confundieron torpemente el poder eclesiástico y el poder de la espada. De esta confusión resultaron muy grandes guerras y tumultos, mientras los pontífices, envalentonados por el Poder de las Llaves, no sólo instituyeron nuevos cultos y cargaron las conciencias con la reservación de casos y excomuniones despiadadas, sino que también intentaron cambiar los reinos del mundo y quitar el imperio al Emperador. Hace mucho que estos excesos fueron reprendidos en la Iglesia por hombres píos y sabios. Por tanto los nuestros, para aquietar las conciencias, se han visto en la obligación de mostrar la diferencia entre el poder eclesiástico y la potestad de la espada, y han enseñado que, por mandamiento de Dios, cada uno de los dos poderes deber ser escrupulosamente respetado y honrado como los beneficios más grandes de Dios en la tierra.

Así opinamos que el Poder de las Llaves o el poder de los obispos, según el Evangelio, es el poder o el mandamiento de Dios para predicar el Evangelio, remitir y retener los pecados y administrar los Sacramentos. Pues con este mandamiento mandó Cristo a sus apóstoles, Juan 20:21, 22-23: ‘Como me envió el Padre, así también Yo os envío’… ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.’ Marcos 16:15: ‘Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.’

Este poder se ejerce solamente enseñando y predicando la Palabra y administrando los Sacramentos, según la propia vocación, bien en público o individualmente; porque lo que se concede no son cosas corporales, sino cosas eternas, la justicia eternal, el Espíritu Santo, la vida eterna. Estas cosas no se producen sino por el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos, como dice San Pablo, Romanos 1:16: ‘El Evangelio… es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.’ Por tanto, pues, porque el poder eclesiástico concede cosas eternas y es ejercido solamente por el ministerio de la Palabra, no es obstáculo para el gobierno civil, como el arte de cantar no es jamás un obstáculo para la administración política.

El gobierno civil trata de cosas distintas que el Evangelio. Los magistrados no defienden las mentes, sino los cuerpos y las cosas corporales contra daños manifiestos, y contienen a los hombres con la espada y penas corporales, a fin de preservar la justicia civil y la paz.

Por tanto, el poder eclesiástico y la potestad civil no deben ser confundidos. El poder eclesiástico tiene su misión particular de enseñar el Evangelio y administrar los Sacramentos. ¡Que no invada el oficio ajeno! ¡Que no cambie los reinos del mundo! ¡Que no abrogue las leyes de los magistrados! ¡Que no suprima la obediencia legítima! ¡Que no se atraviese en los juicios con respecto a ordenanzas o contratos civiles! ¡Que no imponga leyes a los magistrados con respecto a la forma de gobierno! Como dice Cristo, Juan 18:36: ‘Mi reino no es de este mundo.’ También Lucas 12:14: ‘¿Quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?’ Pablo dice, Filipenses 3:20: ‘Nuestra ciudadanía está en los cielos.’ 2 Corintios 10:4: ‘Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.’

De esta manera los nuestros distinguen entre las obligaciones de estos dos poderes, y mandan que ambos sean honrados y reconocidos como don y favor de Dios.

Si los obispos tienen alguna potestad de la espada, la tienen no como obispos por mandato del Evangelio, sino por derecho humano, conferida por los reyes y emperadores para la administración civil de sus bienes. Esta, empero, es función distinta de la del ministerio del Evangelio.

Por tanto, cuando se trata de la jurisdicción de los obispos, la autoridad civil debe ser distinguida de la jurisdicción eclesiástica. Además, según el Evangelio, o como dicen por derecho divino, ninguna jurisdicción pertenece a los obispos como obispos, quiere decir, a quienes ha sido encomendado el ministerio de la Palabra y Sacramentos, sino la de perdonar pecados; examinar doctrina; rechazar las doctrinas que no son conformes al Evangelio; y excluir de la comunión de la Iglesia a los impíos cuya impiedad es manifiesta, y esto sin fuerza humana, simplemente por la Palabra. En esto las iglesias necesariamente y por derecho divino deben obedecerles, según Lucas 10:16: ‘El que a vosotros oye, a mí me oye.’ Pero cuando enseñan u ordenan algo contra el Evangelio, entonces las iglesias tienen un mandamiento de Dios que prohíbe la obediencia, Mateo 7:5: ‘Guardaos de los falsos profetas.’ Gálatas 1:8: Si ‘un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.’ 2 Corintios 13:8: ‘Nada podemos contra la verdad, sino por la verdad.’ También: ‘Nos es dada potestad para edificación, y no para destrucción.’ Así también lo mandan los cánones (2. Quaest. 7, cap. Sacerdotes y cap. Oves). Agustín dice (contra la Epíst. de Petiliano): ‘No debemos someternos a los obispos católicos, si sucede que yerran u opinan cosa contra las Escrituras canónicas de Dios.’

Si tienen alguna potestad o jurisdicción para juzgar en ciertos casos, como del matrimonio, o de los diezmos, la tienen por derecho humano; en estas cosas, a falta de los jueces ordinarios, los príncipes están obligados, aun contra su voluntad, a administrar justicia a sus súbditos, para el mantenimiento de la paz.

 

  1. Alcance del poder de los obispos

Además de esto, se disputa si los obispos o pastores tienen el derecho de instituir ceremonias en la Iglesia, o de promulgar leyes con respecto a comidas, fiestas, grados de ministros u órdenes. Los que atribuyen tal poder a los obispos, citan por testimonio Juan 16:12-13: ‘Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad.’ Citan también el ejemplo de los apóstoles, Hechos 15:20, donde mandaron abstenerse de sangre y de lo sofocado. Citan el sábado, convertido en el día domingo contra el Dacálogo, según dicen. Y no hay otro ejemplo que aprovechan más que la sustitución del sábado. Sostienen que la potestad de la Iglesia es la más grande por cuanto ha dispensado de un mandamiento del Dacálogo.

Pero sobre esta cuestión los nuestros enseñan que los obispos no tienen poder para establecer alguna cosa contra el Evangelio, como queda expuesto. Lo mismo enseñan los cánones (dist. 9). Además, es contra la Escritura establecer tradiciones y exigir su observación, para que por ella hagamos satisfacción por los pecados, o merezcamos gracia y justicia. Pues es una injuria para la gloria del mérito de Cristo el intento de merecer la justificación por tales observancias. Es además evidente que a causa de esta persuasión en la Iglesia las tradiciones se multiplicaron casi infinitamente, a la par que quedaba desconocida la doctrina de la fe y de la justicia de la fe; pues gradualmente se fueron instituyendo muchas fiestas, fueron decretados ayunos, nuevas ceremonias y nuevos honores a los santos, porque los autores de tales cosas pensaban que merecían la gracia por estas obras. En esta forma, en los tiempos pasados, los cánones penitenciales se multiplicaron, de los cuales vemos algunos vestigios en las satisfacciones.

Los autores de las tradiciones obran también contra el mandamiento de Dios, cuando hacen consistir el pecado en comidas, en días y cosas semejantes, y cargan a la Iglesia con la servidumbre de la Ley, como si fuera necesario entre los cristianos un culto similar al levítico para alcanzar la justificación, la disposición del cual Dios hubiera encomendado a los apóstoles y obispos. Pues algunos de ellos escriben en modo tal, y sus pontífices proceden en tal forma que parecen haber sido engañados por el ejemplo de la Ley de Moisés. De ahí provienen tales obligaciones como enseñan, por ejemplo, que es pecado mortal el trabajo manual en días de fiesta, aunque se haga sin mal ejemplo de otros; que es pecado mortal omitir las horas canónicas; que ciertas comidas manchan la conciencia; que los ayunos son obras que aplacan a Dios; que el pecado, en un caso reservado, no puede ser remitido sin la autoridad del que lo reservó; mientras que hasta los mismos cánones hablan, no de la reservación de la culpa, sino de la reservación de la pena eclesiástica.

¿De dónde sacan los obispos el derecho de imponer estas tradiciones a las iglesias para enlazar las conciencias, sabiendo que Pedro, Hechos 15:14, prohíbe imponer yugo a los discípulos, mientras San Pablo dice, 2 Corintios 13:10, que la potestad que le fue dada era para edificación y no para destrucción? ¿Por qué pues, multiplican los pecados por estas tradiciones?

Pero existen testimonios claros que prohíben fabricar tales tradiciones para merecer la gracia, o afirmar que son necesarias para la salvación. Pablo dice, Colosenses 2:16, 20-23a: ‘Nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo… Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes,  ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría.’ También Tito 1:14 prohíbe abiertamente las tradiciones: ‘No atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad.’

Cristo, Mateo 15:14, 13, dice de aquellos que exigen las tradiciones: ‘Dejadlos; son ciegos guías de ciegos’; y repudia tales cultos: ‘Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.’

Si los obispos tienen derecho de cargar las iglesias con innumerables tradiciones y de engañar las conciencias, ¿por qué prohíben las Escrituras tantas veces hacer y oír las tradiciones? ¿Por qué las llaman doctrina de demonios, 1 Timoteo 4:1? ¿Amonestó en vano el Espíritu Santo con respecto a estas cosas?

En vista de que las ordenanzas instituidas como necesarias y como medio de merecer la gracia, son contrarias al Evangelio, resulta que no es permitido a los obispos instituir o exigir tales cultos. Pues es necesario que la doctrina de la libertad cristiana sea preservada en las iglesias, a saber, de que la servidumbre de la Ley no es necesaria para la justificación, como está escrito en Gálatas 5:1: ‘No estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.’ Necesario es que el artículo principal del Evangelio sea preservado, es decir, que conseguimos la gracia gratuitamente por la fe en Cristo, y no por ciertas observancias o por cultos instituidos por hombres.

 

  1. Preservación de la libertad cristiana

¿Qué hemos de opinar, pues, del día domingo y de similares ritos en los templos? A eso respondemos, que es permitido a los obispos y pastores hacer ordenanzas para que las cosas sean hechas con orden en las iglesias; no para que por ellas merezcamos la gracia o hagamos satisfacción por los pecados, o que las conciencias sean obligadas a considerarlas como cultos necesarios, o pensar que es pecado violarlas aun cuando no se da mal ejemplo a otros. Así ordena San Pablo, 1 Corintios 11:5, 6, que en la congregación las mujeres tengan cubiertas las cabezas, y 1 Corintios 14:30, que los intérpretes en la congregación sean oídos en orden.

Es conveniente que, a fin de conservar la caridad y la tranquilidad, se observen tales ordenanzas siempre y cuando que no se dé escándalo, para que todo en la Iglesia se haga decentemente y con orden, 1 Corintios 14:40; Filipenses 2:14; pero de tal manera que las conciencias no se carguen con el pensamiento de que son necesarias para la salvación, o crean que cometen pecado cuando las violan sin escándalo de los demás; como nadie diría que peca una mujer que sale en público con la cabeza descubierta, con tal que esto no suceda con mal ejemplo.

Tal es la observancia del día del Señor, de la Pascua, de Pentecostés y similares fiestas y ritos. Pues los que opinan que la observancia del día del Señor fue instituida por la autoridad de la Iglesia en lugar del sábado, como una observancia necesaria, yerran mucho. Las Escrituras abrogaron el sábado, porque enseñan que todas las ceremonias mosaicas pueden ser omitidas desde que fue revelado el Evangelio. Sin embargo, se puede creer que la necesidad de fijar un día determinado para que el pueblo supiera cuándo debía congregarse, movió a la Iglesia para designar el día del Señor (domingo) a este propósito; y parece que esta designación se debe ante todo a la causa adicional de que los hombres tuvieran un ejemplo de libertad cristiana, y supiesen que ni la observancia del sábado ni de algún otro día era necesaria.

Se producen disputas enconadas sobre la mutación de la Ley, las ceremonias de la nueva ley, la sustitución del sábado, todas las cuales surgieron de la errónea creencia de que en la Iglesia debe haber un culto parecido al levítico, y que Cristo encomendó a los apóstoles y obispos idear nuevas ceremonias necesarias para la salvación. Estos errores se insinuaron en la Iglesia cuando la justicia de la fe no era enseñada con claridad. Algunos sostienen que la observancia del día del Señor, bien que no es de derecho divino, es casi de derecho divino; respecto a las fiestas prescriben hasta dónde es lícito trabajar. ¿Qué son estas disputas, sino lazos de las conciencias? Pues aunque intentan suavizar las tradiciones, sin embargo, esta mitigación nunca podrá ser real mientras persista la opinión sobre su necesidad, la cual necesariamente persistirá donde no se conocen la justicia de la fe y la libertad cristiana.

Los apóstoles mandaron, Hechos 15:20, abstenerse de sangre. ¿Quién lo observa ahora? No obstante, no pecan aquellos que no lo observan, pues ni los mismos apóstoles quisieron cargar las conciencias con tal servidumbre, sino que lo prohibieron por un tiempo para evitar escándalo. Pues en este decreto siempre hemos de considerar cuál es el fin del Evangelio.

Apenas algunos cánones son mantenidos con exactitud, y diariamente muchos son olvidados también entre aquellos que defienden las tradiciones diligentemente. Tampoco se puede tener cuidado de las conciencias si no se tiene la ecuanimidad que lleva a saber que los cánones son mantenidos sin tenerlos por necesarios, y que las conciencias no son lesionadas aunque las tradiciones sean olvidadas.

 

  1. Llamado a restablecer la concordia en la iglesia

Pero fácilmente los obispos podrían retener la legítima obediencia del pueblo, si no insistiesen en la observancia de las tradiciones que no pueden ser mantenidas en buena conciencia. Ahora imponen el celibato; y no aceptan a ninguno, si no jura que no enseñará la doctrina pura del Evangelio. Las iglesias no piden que los obispos restablezcan la concordia a costa de su honor; lo cual, sin embargo, sería conveniente que hiciera todo buen pastor. Sólo piden que se eximan de cargas injustas, las que son nuevas y fueron establecidas contra la costumbre de la Iglesia Cristiana Universal. Quizá en su principio hubo razones en parte aceptables para algunas de estas ordenanzas; no obstante, no se adaptan a los tiempos posteriores. También está a la vista que algunas fueron adoptadas por error. Por eso sería digno de la clemencia de los pontífices suavizarlas ahora, porque este cambio no debilita la unidad de la Iglesia. Pues muchas tradiciones humanas han sido modificadas con el tiempo, como lo demuestran los mismos cánones. Pero si fuera imposible conseguir la mitigación de aquellas observancias que no pueden ser guardadas sin pecado, entonces estamos obligados a seguir la regla apostólica, Hechos 5:29, que manda obedecer más a Dios que a los hombres.

Pedro prohíbe a los obispos tener señorío y mandar en la Iglesia, 1 Pedro 5:3. Ahora no tratamos de arrebatar el gobierno de los obispos, sino que únicamente pedimos que admitan enseñar el Evangelio en toda su pureza y que no obliguen al cumplimiento de algunas pocas observancias que no pueden ser guardadas sin pecado. Pero si no suavizan nada, ellos verán la cuenta que han de dar a Dios de que por su obstinación dieron motivo para el cisma.

Conclusión

Estos son los principales artículos sobre los que parece haber controversia. Pues aunque pudiéramos hablar de otros abusos, sin embargo, para evitar la prolijidad, nos hemos concretado a los principales, por los que pueden ser fácilmente juzgados los demás. Grandes discusiones ha habido con respecto a las indulgencias, a las peregrinaciones, al abuso de la excomunión. Las parroquias fueron muy vejadas por los traficantes en indulgencias. Hubo innumerables disputas entre los pastores y los frailes por el derecho parroquial, sobre las confesiones, sobre enterramientos, sobre sermones extraordinarios, y sobre otras innumerables cosas. Hemos pasado por alto estas disputas, para que los principales puntos de esta materia, brevemente propuestos, puedan ser fácilmente conocidos. Nada ha sido dicho o aducido para contumelia de ninguno. Solamente han sido detalladas aquellas cosas de las cuales nos parecía necesario hablar, para que se pudiera entender que en doctrina y ceremonias nada ha sido aceptado entre nosotros contra las Escrituras o contra la Iglesia Cristiana Universal; pues es manifiesto que nosotros hemos tenido cuidado de que ninguna doctrina nueva e impía se insinuase en nuestras iglesias.

Conforme al edicto de Vuestra Majestad Imperial hemos querido presentar los artículos, arriba escritos, para manifestar nuestra Confesión y dar a conocer la suma de la doctrina de nuestros doctores. Si hubiese en esta confesión algo que alguno deseara aclarar, estamos dispuestos a presentar una información más amplia conforme a las Escrituras, si Dios quiere.

De Vuestra Majestad Imperial fieles súbditos:

JUAN, Duque de Sajonia, Elector

JORGE, Margrave de Brandemburgo

ERNESTO, Duque de Luneburgo

FELIPE, Landgrave de Hesse

JUAN FEDERICO, Duque de Sajonia

FRANCISCO, Duque de Luneburgo

WOLFGANG, Príncipe de Anhalt

Senado y Magistrado de Núremberg

Senado de Reutlingen